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Feliz Navidad.

martes, 24 de diciembre de 2013



Mi ciudad está iluminada. La navidad hace que en la mayoría de las calles haya por lo menos alguna pequeña hilera de luces multicolores. No solo son las luces, por estos días se respiran aires de generosidad, cordialidad y de otras cosas buenas. Mi dermatólogo, hace unos días me extirpó un quiste gratuitamente como regalo navideño. Un guarda de seguridad me dejó pasar con el equipaje de mi abuela hacia el bus (solo ella podía pasar, porque era quien viajaba) y todo por ser navidad. Ambos respiraban ese aire. Y no solo ellos, en la calle he escuchado a otras personas justificar sus buenos actos bajo ese lema.

Lindo ¿no?

Generosidad, alegría, unidad, fraternidad, recogimiento. Son palabras que usualmente se usan para describir esta época.

…pero usted al igual que yo, sabemos que no siempre son adecuadas.
Algunos, de hecho, viven una experiencia navideña que se acerca más a lo opuesto.

Es desafortunado ver cómo algunos contraen deudas, para cumplir por estas fechas las expectativas generadas por la sociedad de consumo.

Encienda la televisión, mire los múltiples anuncios que nos invitan a aprovechar los bonos navideños para conseguir aquello que no necesitamos (¡si nos persuaden en el día estando bien despiertos imagínense su efecto en la noche!). Justo después de los comerciales, llega la emisión de noticias presentando los últimos accidentes de tránsito y las muertes producidas por conductores ebrios. En definitiva, un mes de excesos y contrastes.

Si usted al igual que yo, ha sido engañado por la enternecedora figura de Papá Noel, lo invito a que más bien enfoque su mirada, no en el gordito comercial, sino en la no solo enternecedora sino conmovedora figura del bebé en el pesebre.

Piense un momento, si en Jesús Dios decide revelarse plenamente, si él es la imagen del Dios invisible como dice Colosenses 1:15 ¿qué nos dice la primera navidad acerca de Él? 

Hay dos palabras que se me vienen a la mente al instante: vulnerabilidad y humildad. Si usted ha creído en el gran misterio del Dios humanado, el Dios que decide habitar entre nosotros, no dejará de maravillarse ante su decisión.

El autor Philip Yancey lo expresa de una bella manera:

El Dios que creó la materia tomó forma dentro de ella, como un artista se pudiera convertir en un punto de un cuadro o un dramaturgo en un personaje de su propia obra.
Prosigue el autor: “Dios, quien no conoce límites, asumió los confines sorprendentes de la piel de un niño, las limitaciones ominosas de la mortalidad”.

La navidad, es entonces la celebración de que Dios se hizo como uno de nosotros para expresar el inexpresable amor divino hacia la humanidad. En Jesús, Dios elige otra manera de presentarse como el Dios que desea habitar en medio de su pueblo, como Emanuel, ya antes a través del tabernáculo y el templo lo había indicado. Ahora, en aquel frágil y vulnerable bebé judío, nos sigue invitando a que lo miremos como próximo, cercano, como aquel Dios que no es indiferente ni ajeno a nuestros sentires. 


En ese establo yacía la esperanza encarnada. ¡La luz llegó al mundo! como diría el apóstol Juan. 

Que nuestra celebración navideña pueda recuperar tal significado. Que las luces nos recuerden la gran Luz que vino al mundo.Que nuestros actos de generosidad y servicio se desprendan de nuestro agradecimiento a Dios, por habernos entregado el regalo más preciado, jamás dado, Su propio hijo.

Dios dirige su mensaje a todos, a quienes viven esta época con excesos y a quienes la viven con austeridad, a quienes la viven para otros, y a quienes la viven para sí mismos.

Aunque cueste creerlo, no olvide que Dios es como se nos mostró en Jesús, ¡incluyendo su nacimiento! Yancey, lo dice así: "Los acontecimientos de la navidad apuntan de forma inexorable a lo que parece una contradicción de términos: un Dios humilde". 

¿No le parece ese un motivo suficiente para celebrar?

Feliz Navidad.

Imitar a Jesús.

martes, 17 de diciembre de 2013



Por definición, entonces, el Reino se parece a Jesús. Esta es su esencia. Y participamos en este Reino en la medida –y solo en la medida- en que nos parecemos a Jesús.

Por ello, el Nuevo Testamento pone tanto énfasis en imitar a Jesús. Por ejemplo, Pablo manda a los efesios a, “Ser imitadores de Dios”. Él explica entonces lo que quiere decir exactamente cuando añade, “Vivan en amor, así como Cristo nos amó y dio su vida por nosotros” (Efesios 5:1-2). Piensa seriamente en esto. Estamos llamados nada menos que a imitar a Dios. Esto es precisamente lo que significa ser “santo” o “como Dios”. La palabra griega para imitar significa “hacer mímica” ser “mimo” o “sombra” de alguien más. Así mismo estamos llamados a ser la sombra que Jesús emite. Una sombra nunca hace algo distinto de lo que la emite. Así también debemos hacer lo que vimos hacer a Dios en Jesucristo. Debemos amar como Cristo nos amó en el Calvario. Nada más y nada menos.

Pablo enfatiza que la calidad del amor expresada en el Calvario es algo en lo cual estamos llamados a vivir. El amor no es algo que se supone debamos hacer ocasionalmente, cuando es conveniente, cuando estemos con buen ánimo o cuando nos guste la otra persona. Más bien, la calidad de amor del Calvario es algo que debe ser tejido dentro de la fábrica de nuestra vida – nuestra respiración, nuestras ondas cerebrales y los latidos de nuestro corazón. El momento de tu llamado para amar es cuando respiras, cuando estás consciente, cuando tu corazón late.

El apóstol Juan enseña esencialmente la misma cosa cuando define el amor como “Jesucristo entregando su vida por nosotros”. Él luego añade que por esta razón, “también nosotros debemos entregar la vida por nuestros hermanos” (I Juan 3:16). Estamos llamados a amar, lo cual significa que hemos de reproducir el amor expresado en el Calvario hacia los demás.


Este amor en el cual estamos llamados a vivir no es un sentimiento o algo abstracto: éste siempre toma forma en la acción – como el amor de Dios lo hizo en el Calvario. Y esta es la razón por la que Juan inmediatamente nos provee de una ilustración concreta pare referirse a este amor.

Si alguien que posee bienes materiales ve que su hermano está pasando necesidad, y no tiene compasión de él, ¿cómo se puede decir que el amor de Dios habita en Él? Queridos hijos no amemos de palabra ni de labios para afuera, sino con hechos y de verdad. (I Juan 3:17-18)
Este es el Reino de Dios. De hecho, esta es la definición de “Cristiano,” de ahí lo de parecerse a Cristo. Esto no consiste principalmente en pensar y decir las cosas correctas – “la doctrina correcta” como muchos insisten. Se trata de hacer las cosas como Jesús. Consiste en la calidad de ACCIÓN expresada en el Calvario. En sacrificarte para satisfacer una necesidad cuando la veas. En imitar a Cristo con cada respiración, onda cerebral y latido del corazón.

Porque estamos llamados a amar como Cristo nos amó, debemos amar sin considerar quienes lo merecen y quienes no. Nunca debemos permitir que el sentido común triunfe sobre el amor que estamos llamados a dar. Jesús nos enseñó:

Amen a sus enemigos, hagan el bien a quienes los odian, bendigan a quienes los maldicen, oren por quienes los maltratan. … amen a sus enemigos, háganles bien, y denles prestado sin esperar nada a cambio… Sean compasivos, así como su Padre es compasivo. (Lucas 6:27-28, 35-36)
A esto se parece la calidad del amor expresado en el Calvario, y a esto, por definición, es a lo que se parece el Reino de Dios. Debemos ser misericordiosos como el Padre ha sido misericordioso con nosotros – incondicionalmente e indiscriminadamente.



[Tomado de ReKnew]
 

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